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La innovación gubernamental: el reto de cambiar un sistema monolítico e inmóvil

iconito Autor: Bogart Montiel Reyna
Noviembre de 2018

Decía Thomas Kuhn, en “La estructura de las revoluciones científicas”, que conforme la ciencia avanza, comienzan a aparecer anomalías en el paradigma; es decir, situaciones que no se pueden resolver con el marco conceptual vigente. Para Kuhn, las revoluciones científicas no son más que la acu¬mulación insostenible de estas fallas, lo que provoca que el paradigma reinante colapse y deba surgir uno nuevo. En este sentido, la innovación es también un motor del conocimiento humano y un detonante del progreso de la humanidad.

Sin embargo, durante décadas, la innovación se ha visto como un quehacer propio de las ciencias, los negocios y la tecnología, es así como la literatura especializada en el tema se ha concentrado en actividades privadas, en tanto que el ámbito público es el que necesita desesperadamente de este enfoque.

La falta de innovación en el sector público ha creado la percepción generalizada sobre el gobierno como la de un ente monolítico, inmóvil; en buena parte, debido a que el principio de legalidad establece qué es lo que un funcionario público puede hacer y qué no. La realidad es muy distinta: la administración pública es dinámica; un sistema en el que interactúan miles de personas con modos y perspectivas particulares.

Sin embargo, es cierto que el virus de la burocratización permea en las distintas esferas de una oficina de gobierno. Lo triste es que, una vez que se inserta, es difícil erradicarlo. Innovaciones que serían una cosa básica y cotidiana en una empresa, se convierten en pesadas lozas para los servidores públicos, que se han convencido a sí mismos que sólo hay un camino para resolver un problema.

El primer obstáculo para que el sector público adopte un esquema de innovación es la cuantificación. En The Persistence of Innovation in Government, Sandford P. Borins, profesor de Administración Pública de la Universidad de Toronto, señala que mientras el valor privado puede ser medido con relativa facilidad en el mercado, el valor público no es tan sencillo de cuantificar. La relación costo/beneficio parece más difusa y calcular el impacto de la innovación (una herramienta, una metodología, un programa social) puede ser problemático. Así, innovar en el ámbito público puede percibirse simplemente como un acto de vanidad o, incluso, como una acción tautológica.

En la administración pública, el valor está dado por la prestación de servicios a la sociedad con altos niveles de calidad, así como la capacidad de los servidores públicos para lograr los objetivos encomendados (eficacia) en la forma, tiempo y con los recursos planeados para ese fin (eficiencia). De esta forma, partamos de una base: la innovación en el sector público es un proceso cuyo objetivo final es la creación de valor para garantizar el bienestar de la sociedad, aplicando los recursos suficientes, ni más, ni menos.

A pesar de todo, aunque luzca complicado, cuando me preguntan si se puede innovar desde el gobierno, respondo que no sólo tenemos la facultad sino la obligación de hacerlo. Si algo va a combatir la noción de un gobierno como un sistema rígido, es contar con más profesionales capacitados en el tema de la innovación, sensibles a los cambios y abiertos a las propuestas.

El proceso de mejora del Estado jamás estará terminado. Su consolidación es una tarea constante en la búsqueda del bienestar de los ciudadanos, en la prestación de servicios de alta calidad, en la construcción de un gobierno digital que sepa aprovechar las capacidades que las nuevas tecnologías brindan. Permitamos que la innovación sea esa fuerza transformadora que tanto nos urge como nación y como sociedad.

Fragmento tomado del libro “Innovación Pública: Cómo tener la certeza de hacer bien las cosas y además innovar en el sector público” (IEXE Editorial, 2018).

De venta en Amazon y en las principales librerías.

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