El lado oscuro del iPhone: el Estado emprendedor detrás de tu historia favorita de innovación

El lado oscuro del iPhone: el Estado emprendedor detrás de tu historia favorita de innovación

La palabra innovación inunda nuestra cabeza con íconos de la iniciativa privada. Por ejemplo, la de un solitario ‘revolucionario’ con lentes de pasta y pantalón de mezclilla con dos dólares en el bolsillo, dispuesto a pensar diferente desde su garaje, defender sus ideas a toda costa, correr los mayores riesgos para cambiar el mundo ofreciendo el siguiente producto que va a romper con las viejas las reglas de algún mercado y, de paso, a quién le estaremos agradecidos por haber transformado nuestras vidas.

Sin embargo, lo cierto es que los grandes cambios tecnológicos y procesos de innovación que consideramos como los más revolucionarios y emblemáticos de nuestros tiempos han sido liderados por el sector público y no por el sector privado, contrario a lo que suele pensarse. Esta es la tesis que sostiene la economista Mariana Mazzucato (2015)[1] en su libro “El Estado Emprendedor”. Se trata de un concepto parteaguas en los estudios sobre políticas de la innovación y cuyas implicaciones tienen consecuencias para la forma en la que entendemos la economía del sector público y, en un sentido más amplio, la relación Estado-mercado.

Uno de los estudios de caso más atractivos de su libro es, sin duda, el del iPhone. Dispositivos digitales como aquel, no habrían sido posibles sin décadas de inversión pública para el desarrollo de tecnologías como Internet con el protocolo HTTP, la geolocalización por medio de GPS, las pantallas multi táctiles de cristal líquido de los LCD, las baterías de litio, la tecnología de magnetorresistencia gigante (GMR) para el almacenamiento de datos en HDD, los microprocesadores o CPU, la memoria dinámica de trabajo DRAM, el procesamiento de señales digitales, la tecnología celular de redes, la inteligencia artificial detrás del reconocimiento de voz (Mazzucato, 2015).

No es para quitarle mérito a Jobs y sus colaboradores por haber integrado y afinado todos estos elementos dentro de un diseño tan atractivo, único y que lograra naturalizar tantas tecnologías en la vida cotidiana en un solo dispositivo, atendiendo hasta el último detalle de la experiencia del consumidor. Tampoco es para minimizar la valía de los riesgos que toman compañías como Apple cada vez que se aventuran con un nuevo producto. El argumento de Mazzucato sirve para desmitificar la idea de que las cadenas de valor en la innovación están hechas únicamente por aquello que en realidad constituye tan solo su último eslabón: el sector privado.

Pero ¿qué papel jugó exactamente el Estado en el éxito de Apple? De acuerdo con Mazzucato (2015), antes de que el sistema operativo iOS viera la luz por primera vez, Apple había gozado de apoyos clave por parte del sector público, al igual que otras compañías: ayudas de inversión pública equitativa durante sus primeros años; acceso a tecnologías derivadas de investigación de universidades públicas y tecnología desarrollada con fondos públicos por agencias del gobierno e iniciativa de las fuerzas armadas; contratos con el gobierno; la creación de un marco legal y fiscal que arropaba a compañías estadounidenses para sostener la innovación durante largos periodos protegiendo sus esfuerzos y fracasos de una economía global altamente competitiva y voraz.

El planteamiento de Mazzucato es tan simple como potente. El rol del Estado estuvo muy lejos de limitarse a la administración, facilitación o regulación de los mercados tratando de reparar sus fallas, esto es, paliando los síntomas de mercados realmente existentes e irremediablemente maltrechos—las externalidades negativas, asimetrías en la información, imperfecciones en la competencia, fallas en la coordinación y la existencia de bienes públicos—y que justifican la intervención estatal desde el punto de vista de la economía del sector público (ver Stiglitz & Rosengard, 2013).

Por el contrario, el Estado es el emprendedor, pues ha intervenido de una forma activa, asumiendo las inversiones de alto riesgo durante periodos sostenidos de tiempo y moldeando directamente mercados en áreas clave para el desarrollo de nuevas tecnologías (Mazzucato, 2015). Sus investigaciones sobre la composición del capital público y privado en sectores como las telecomunicaciones, las tecnologías verdes, la industria farmacéutica y la biotecnología ayudan a desmentir la idea de que el dinamismo de los mercados de mayor innovación proviene de la inversión privada.

Por el contrario, en una visión alternativa del capitalismo contemporáneo, Mazzucato (2015) nos muestra cómo el Estado ha estimulado los procesos de innovación asumiendo parte importante de los costos en las etapas iniciales en el desarrollo de tecnologías. Ello, por medio de una amplia gama de instrumentos de política pública que han facilitado directamente el desarrollo de ideas ‘revolucionarias’ en productos comercialmente viables, yendo mucho más allá de los instrumentos tradicionales con los que que se le identifica: financiar investigación básica en las universidades, cobrar impuestos a compañías contaminantes o financiar proyectos de infraestructura.

Así, cada una de las tecnologías que integran el iPhone y que constituyen las particularidades que lo distinguen dentro del mercado de los teléfonos inteligentes, cuenta un lado oscuro de la historia. O más bien, deberíamos decir que cada una de estas tecnologías cuenta una intensa historia del Estado ensombrecida por el mito del emprendedor solitario, por el culto a personajes como Steven Jobs, por la mística del emprendimiento de garaje y por el glamour de la vida desenfadada de los creativos. Mazzucato (2015) muestra cómo la narrativa convencional de exaltación del sector privado reproduce clichés que oscurecen nuestro entendimiento sobre el papel decisivo que ha jugado el sector público en los procesos de innovación.

Para ser más precisos, diría Mazzucato (2015), el mérito de Apple consistió en tres cosas: 1) identificar las tecnologías emergentes con un alto potencial, 2) integrar técnicamente y de manera exitosa dichas tecnologías, 3) mantener una clara visión corporativa orientada al diseño para aumentar la satisfacción del usuario final. Es decir, logró “surfear a través de las olas de los avances tecnológicos”, o mejor dicho, consiguió capitalizar con especial olfato y creatividad, las nuevas tecnologías para insertarlas y popularizarlas entre usuarios finales sedientos de practicidad. Sí, popularizar, porque, aunque parte del ‘valor agregado’ de la línea iOS sea la venta simbólica de la exclusividad del alto diseño, lo cierto es que de manera masiva el iPhone está en el deseo de millones que consumen productos digitales orientados por la aspiración de obtener algún día un espécimen de ese dispositivo tan único del que, como ha mostrado Mazzucato, debemos agradecer también al gobierno.

Pero ¿cómo puede ser esto? ¿qué significa en términos de políticas públicas? Para saber la respuesta de Mazzucato, no te pierdas la siguiente entrega de esta serie sobre innovación en el sector público.

Notas

[1] Mariana Mazzucato es profesora de la Cátedra de Economía de la Innovación en la Universidad de Sussex, directora del Instituto para Innovación y Propósito Público de la University College London y miembro de varios organismos asesores para diversos gobiernos.

Referencias

Mazzucato, M. (2015). The Entrepreneurial State: Debunking Public vs. Private Sector Myths. (Edición Revisada). Public Affairs.

Stiglitz, J. E., & Rosengard, J. K. (2013). La Economia Del Sector Publico (4a ed.). Antoni Bosch.

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Sabina Morales Rosas

Sobre la autora

Politóloga. Consultora en diseño y análisis de políticas públicas. Intereses: política comparada, desigualdad, sociedad civil, relaciones Estado-mercado y metodología de la investigación. Docente e investigadora de IEXE Universidad. Lectora de Quino y de Rius.

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