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El futbol más allá del deporte: identidad, rituales y símbolos sociales

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Por Michelle Hernández

Redactor en EXPOST

icono de calendario16/07/2026 1 min de lectura
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El futbol se ha vivido de muchas maneras y, en cada una de ellas, se ha disfrutado de forma distinta. Es una temporada de emociones que nos ha mantenido entre la espera y la sorpresa. Lo que inicia como una actividad deportiva también se convierte en un motivo de unión alrededor de una misma camiseta; en un pretexto para reunirnos, compartir tristezas y alegrías, y mantener nuestras emociones a la expectativa de un balón y un equipo.

Así, casi sin darnos cuenta, hemos dotado de significado a un gol, una buena jugada, una falta e incluso una copa. Miguel Lisboa Guillén menciona que las personas construyen significados para ayudarse a entender el mundo y, tal vez en ese sentido, el futbol ha logrado dar sentido a muchas de nuestras emociones (como se cita en Herrera, 2026).

A esta construcción simbólica también se suma la mirada de Christian Bromberger, quien entiende el futbol como una forma de visión del mundo y como un ritual moderno en el que se expresan tensiones, jerarquías, aspiraciones y emociones colectivas. Desde esta perspectiva, el partido no solo representa una competencia deportiva, también, una dramatización social en la que los individuos proyectan ideas sobre la justicia, el mérito, la fortuna, la pertenencia y el destino (Bromberger, 1995).

No se trata únicamente de un deporte, es un fenómeno lleno de símbolos, identidad, costumbres, rituales y tradiciones que, además de todo, nos aportan esperanza. Como seres humanos, procuramos mantener nuestra fe y nuestras expectativas en algo metafísico cuando lo físico no parece suficiente. El futbol nos ha rodeado de costumbres particulares y colectivas que nos inclinan a pensar que sí se puede: si no basta con la preparación del equipo, quizá bastará con el apoyo.

Se construyen identidades colectivas apabullantes que nos mueven y convierten el partido en el tema central, incluso, de todo un país. Los días en que juega nuestro equipo favorito acaparan la atención: la vestimenta de las personas en la calle se tiñe de los mismos colores; la expectativa por ver el partido se siente en el transporte público, en la radio y en las conversaciones cotidianas. La gente se pregunta dónde verá el gran evento; al llegar a cualquier lugar, el primer tema de conversación es el juego que está por comenzar.

Ese partido se disfruta de pie, sentado o mientras se le da una mordida a un hot dog con el que, probablemente, alguien se atragante cuando su equipo anote el gol inesperado en el minuto 90 + 3. Entonces llega el gran momento: las multitudes se unen y la vibración de los espacios no permite permanecer ajenos al suceso. La construcción de significado también puede darse de forma intangible; comenzar a planear una reunión para ver un partido nos brinda la oportunidad de reconocer el peso que los imaginarios colectivos crean alrededor de la expectativa del futbol (Meneses Cárdenas, 2008).

Desde esta lectura, la reunión para ver un partido no es un acto menor: es una forma de preparar el rito. Elegir el lugar, invitar a ciertas personas, vestir determinados colores, repetir frases de apoyo o evitar ciertas conductas por superstición son acciones que organizan emocionalmente la experiencia. El futbol, como ritual festivo, transforma el tiempo ordinario en un tiempo excepcional; durante el partido, la rutina queda suspendida y la atención se concentra en un acontecimiento común en el que se siente, por un momento, que todos forman parte de una misma escena social (Llopis Goig, 2006).

Las rivalidades aparecen acompañadas del sentido de pertenencia que las caracteriza: un público fiel a su equipo, negado a la traición incluso en las peores derrotas. Berger y Luckmann explican la socialización como el conjunto de saberes que se transmiten al individuo desde su nacimiento (como se cita en Meneses Cárdenas, 2008). Muchos aficionados han crecido con el futbol desde el hogar, como un gusto heredado o aprendido. Herrera (2006) menciona que las costumbres se socializan, las reglas se aprenden y los rituales para transmitir suerte a un equipo, incluso desde otro estado y al otro lado del televisor, se transmiten de generación en generación. El momento de euforia se contagia en la colectividad.

 

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El individuo crea, construye y reconstruye explicaciones sobre la realidad de manera constante. La socialización ocurre en todos los momentos de la vida y en espacios de consumo cultural inesperados, como una banqueta desde la cual se puede ver un partido a través de las ventanas de un restaurante. En este sentido, la pantalla funciona como agente de socialización entre la oferta de consumo, el partido y el aficionado-consumidor (Meneses Cárdenas, 2008). Así, cualquier espacio puede resignificarse y llenarse de simbolismos y significados sociales.

Es importante tener en cuenta que, en todo este proceso, está presente uno de los factores más importantes de la socialización: la intersubjetividad. Los individuos adoptamos y objetivamos creencias, gustos o costumbres que, en el proceso, también podemos cuestionar, resignificar y compartir con distintos agentes externos hasta crear un gusto propio o colectivo. De esta manera, logramos explicar por qué los rituales que se llevan a cabo antes, durante y después de un partido de futbol han evolucionado con el paso de los años, sin dejar de lado aquellos que, a pesar del tiempo, siguen vigentes.

 

Jorge Alberto Cárdenas ayuda a entender este proceso de socialización como una relación dialéctica entre el individuo y la sociedad, compuesta por tres aspectos: externalización, objetivación e internalización (Meneses Cárdenas, 2008). Los aficionados han dotado de significado cada una de las dinámicas que rodean al futbol. Un penal injustificado basta para despertar enojo; una jugada con oportunidad de gol provoca nervios, emoción y expectativa; y un torneo ganado es suficiente para desbordar alegría, brincar, gritar, abrazar y dejar de lado cualquier diferencia entre los individuos para compartir la felicidad. La única excepción parece ser formar parte de la afición del equipo rival.

Los aficionados generan subgrupos diferenciados espacial, visual y discursivamente. Aunque todos acuden a ver el mismo espectáculo en el estadio, en el bar o en casa, pueden convertirse en rivales dentro del mismo fenómeno que consumen (Meneses Cárdenas, 2008).

Eduardo P. Archetti aporta una perspectiva importante al analizar cómo el futbol también construye pertenencias territoriales e imaginarios nacionales. En su estudio sobre el futbol argentino, explica que categorías como el “potrero” y el “pibe” ayudan a producir una narrativa de identidad local, en la que el estilo de juego, la creatividad, la picardía y el origen popular se convierten en rasgos simbólicos de pertenencia (Archetti, 1998). Esta perspectiva nos posibilita entender que el futbol no produce identidad únicamente por los colores de una camiseta, lo hace también a través de los relatos que se construyen alrededor de ella.

En momentos de disparidad, rutina y preocupación, el futbol reafirma la unidad de las sociedades. Se presenta como un momento de escape que nos da la oportunidad de disfrutar de algo tan mundano y, al mismo tiempo, tan organizado como este deporte. No es necesario ser un aficionado de nicho para sentirse influenciado por la energía del juego o por la euforia del público. Incluso, cuando menos se espera, las lágrimas de felicidad pueden aparecer y convertirnos en parte de una experiencia compartida.

De la manera más inesperada, los individuos activan un sentido de internalización en el que incluso los menos fanáticos se convierten en expertos del deporte: todos podrían ser directores técnicos o goleadores infalibles. Este es uno de los tantos momentos significativos que regala el futbol: aquel en el que una persona se siente parte de lo que ocurre al otro lado de la pantalla, experimenta el coraje de no poder hacer nada más que expresar sus emociones de forma transparente, habla sin filtros y cede a los impulsos de un cuerpo movilizado por el deporte.

El fenómeno de la internalización puede explicarse a través de un hecho social total con tres características: inconsciente, colectivo y permanente. La cohesión social se teje lentamente entre individuos que se vuelven grupo y se fusionan en un contexto con fines determinados. Es así como la identidad tiene lugar, entendida como un complejo mundo subjetivo que posiciona al individuo dentro de algún imaginario social (Meneses Cárdenas, 2008).

Finalmente, el partido termina de manera reglamentaria y estricta, pero la euforia no desaparece por completo. Aunque exista un ganador material y simbólico, las emociones perduran durante años y pueden convertirse en rencores históricos que, al ser traídos al presente, vuelven a activar aquello que alguna vez se sintió. El futbol no termina solamente con un ganador y un perdedor; es un momento lleno de simbolismos, rituales, emociones e historia que no se borra jamás. Probablemente, sea uno de los pocos eventos capaces de unir sociedades enteras bajo una sola condición: que el equipo meta gol.

El futbol más allá del deporte: identidad, rituales y símbolos sociales

Referencias

Archetti, E. P. (1998). El potrero y el pibe. Territorio y pertenencia en el imaginario del fútbol argentino. Nueva Sociedad, 154, 101–119. https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=3995430
Bromberger, C. (1995). Football as world-view and as ritual. French Cultural Studies, 6(18), 293–311. https://doi.org/10.1177/095715589500601803
Herrera, P. (2026, 9 de junio). El futbol como ritual social: símbolos, cábalas, creencias y sentido de comunidad. UNAM Global. https://unamglobal.unam.mx/global_revista/futbol-ritual-social-simbolos-cabalas-comunidad/
Llopis Goig, R. (2006). El fútbol como ritual festivo. Un análisis referido a la sociedad española. Anduli: Revista Andaluza de Ciencias Sociales, 6, 115–132. https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=2519996
Meneses Cárdenas, J. A. (2008). El futbol nos une: socialización, ritual e identidad en torno al futbol. Culturales, 4(8), 101–140. https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=4002140

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