Hay decisiones que carecen de dramatismo; es decir, no llegan con música de fondo ni con una señal escrita en el cielo. Llegan un martes cualquiera, mientras uno espera el transporte o revisa el teléfono antes de dormir. Aparecen disfrazadas de una idea que incomoda porque obliga a imaginar otra vida. Entonces surge una pregunta breve, casi ingenua, pero difícil de ignorar: ¿y si sí?
Durante este Mundial, la pregunta dejó de ser íntima y se volvió multitud. México la llevó a las gradas, a las sobremesas y a las pantallas: ¿y si sí? La frase no garantiza una copa ni corrige de golpe la historia; simplemente concede permiso para imaginar lo que tantas veces se ha descartado antes de tiempo. Entre la cautela y el entusiasmo, el país encontró una forma de creer sin fingir certeza. Quizá por eso la pregunta funciona también fuera del futbol: todos tenemos algo que deseamos, aun sin garantías.
¿Y si sí envío la solicitud? ¿Y si sí regreso a estudiar después de tantos años? ¿Y si sí levanto la mano, aunque la voz me tiemble cuando empiece a hablar? La respuesta inmediata suele llegar cargada de prudencia: no es buen momento, falta dinero, sobran responsabilidades, quizá después. Somos expertos en fabricar argumentos razonables para protegernos de lo desconocido. Esto es muy curioso, porque son pocas las veces que analizamos con el mismo rigor la posibilidad de que las cosas salgan bien.
Cada persona guarda un “¿y si sí?” que conoce de memoria, aunque nunca lo haya pronunciado frente a nadie. Para algunos tiene la forma de un título universitario; para otros, la de una renuncia, una mudanza o un negocio propio. Hay quien sueña con terminar una tesis abandonada y quien desea ocupar, por primera vez, un lugar en la mesa donde se toman decisiones. No todos quieren llegar al mismo sitio, pero casi todos conocen esa sensación de estar frente a una puerta y no saber si abrirla.
Joan Manuel Serrat escribió Hoy puede ser un gran día como quien coloca una ventana en medio de una habitación cerrada. La canción no promete que el día será fácil ni asegura que el destino hará el trabajo por nosotros. Propone algo mucho más incómodo: tratar cada jornada como una oportunidad que también exige responsabilidad.
El gran día no llega porque el calendario lo dispone; llega porque alguien decide intervenir en su propia historia. A veces, el “¿y si sí?” es precisamente esa intervención.
Toda historia que hoy parece inevitable tuvo alguna vez la fragilidad de una posibilidad.
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Decir que sí tampoco es lanzarse al vacío con los ojos cerrados. Hay decisiones que necesitan números, calendarios, conversaciones difíciles y una buena dosis de paciencia. Para volver a estudiar, por ejemplo, hay que ajustar horarios, renunciar a ciertas comodidades y aprender a avanzar aun después de un día agotador. En esos casos, el valor está en mirar las dificultades de frente, sin dejar que se conviertan en una condena.
El entusiasmo abre la puerta; la disciplina es la que nos ayuda a cruzarla.
Tal vez por eso los grandes cambios rara vez se sienten grandes al principio. Arrancan con acciones pequeñas como llenar un formulario, pedir información, escribir la primera página, llamar a alguien o separar una hora en la agenda. Desde fuera, nada parece haber cambiado, pero por dentro ya ocurrió un desplazamiento importante. La persona que llevaba meses pensando ha comenzado a actuar. Y una vez que el movimiento empieza, el miedo deja de ocupar todo el espacio.
También existen preguntas que heredamos de otros. Alguien nos dijo que cierta meta era demasiado ambiciosa, que ya no teníamos edad o que nuestro lugar estaba en otra parte. Con el tiempo, esas opiniones pueden confundirse con una voz propia y convertirse en límites que nunca examinamos. El “¿y si sí?” sirve entonces como una pequeña rebelión contra todo aquello que aceptamos sin comprobar. No garantiza la victoria, pero devuelve el derecho a averiguarlo por cuenta propia.
Quizá ahora mismo existe algo que llevas demasiado tiempo posponiendo. No hace falta convertirlo en una promesa solemne ni anunciarlo frente a todo el mundo. Basta con mirarlo sin las excusas habituales y preguntarte qué necesitarías para dar un primer paso verdadero. Tal vez hoy no puedas resolver el camino completo, pero sí enviar el mensaje, buscar la información o abrir el documento. Las historias cambian de dirección mucho antes de que alguien note el giro.
Serrat tenía razón en algo esencial: un día puede ser importante cuando decidimos no pasar por él de puntillas. Y no, no porque todo vaya a resolverse de inmediato, es porque puede contener el comienzo de algo que todavía no sabemos nombrar. Quizá el futuro necesite una versión de ti que aprenda a avanzar con miedo. Una que deje de esperar la certeza absoluta y se permita, al menos una vez, responder de otra manera. ¿Y si sí?
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