Escucha aquí el resumen:
Cuando se anunció que Bad Bunny encabezaría el show de medio tiempo del Super Bowl, la conversación fue inmediata, tanto por la magnitud del escenario, uno de los más vistos del mundo, como por lo que su presencia representa: idioma, identidad, postura y memoria colectiva.
No se trata únicamente de un artista latino en el evento deportivo más importante de Estados Unidos; es un artista que llega después de haber usado otro plató igual de mediático, los Grammy, para decir algo incómodo. Por esta razón, cambia todo.
En la última edición de los Grammy, Bad Bunny no habló únicamente de música. Habló de migración, de dignidad, de políticas que deshumanizan. Su mensaje contra el ICE (Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de los Estados Unidos) y las políticas impulsadas por Donald Trump fue directo: sin metáforas excesivas y sin suavizar el fondo.
Otros artistas lo acompañaron en ese tono. Billie Eilish recordó que “nadie es ilegal en tierra robada”. Kehlani y Olivia Dean también llevaron sus historias personales al escenario. Incluso el conductor de la ceremonia recurrió al humor político para señalar tensiones sociales actuales. Sí, el espectáculo, por momentos, dejó de ser sólo entretenimiento.
Lo que pasó en los Grammy 2026 es clave para entender lo que viene. ¿Por qué? Porque el Super Bowl 2026 no es un espacio neutro.
El show de medio tiempo del Super Bowl no paga a sus artistas, pero ofrece algo mucho más poderoso: visibilidad global. Más de cien millones de personas, en distintos países, observan el mismo tablado al unísono. Históricamente, ese espacio ha sido utilizado para celebrar, pero también para marcar época.
Que Bad Bunny llegue ahí, cantando en español, reivindicando lo latino, después de haber incomodado al poder político, no puede ser casualidad. Lo que se espera es que haya continuidad. Por lo tanto, más que preguntarnos si gustará el espectáculo, debemos centrarnos en qué significa que millones de personas vean, escuchen y sientan una identidad que durante décadas fue relegada al margen.
Bad Bunny no construyó su carrera desde la neutralidad. Sus canciones hablan de orgullo, de barrio, de isla, de cuerpo, de dolor y de fiesta. Su música combina ritmo y emoción con expresiones que invitan a pensar y sentir. Canciones como “El Apagón” y “LO QUE LE PASÓ A HAWAii” toman forma de crítica social al abordar la gentrificación y los cortes de energía en Puerto Rico, reflejando realidades que afectan a comunidades enteras y reclamando atención a problemas estructurales más allá del baile.
La canción “Andrea” también se incorpora a esta narrativa reflexiva. Su letra retrata el deseo de una mujer por ser tratada con dignidad y respeto frente a la violencia y el acoso. Es un llamado a visibilizar la violencia de género y el derecho a una vida libre de miedo.
Esa mezcla de lo emocional con lo político no separa lo personal de lo colectivo. Cuando canta sobre Puerto Rico, lo hace como herencia histórica, no como consigna, y eso conecta con millones de personas que entienden lo que significa existir entre culturas, lenguas y fronteras.
La presentación de Bad Bunny en el Super Bowl no resolverá los debates migratorios ni transformará, por sí sola, las políticas públicas; no obstante, sí puede hacer algo igual de importante: recordarnos que la cultura también es un espacio de disputa, que la música no vive aislada del contexto social y que el entretenimiento nunca está del todo separado de la realidad.
A veces, una canción, un gesto o una frase dicha en el momento adecuado puede tener más impacto que un discurso formal, así que lo que ocurra en el show de medio tiempo no se medirá sólo en canciones o en cifras de audiencia: se medirá en su capacidad de incomodar, de traer al centro historias, territorios y cuerpos que rara vez ocupan espacio.
En un evento que suele apostar por lo neutral y lo espectacular, y que además es el corazón del entretenimiento estadounidense, Bad Bunny llega con algo distinto: la posibilidad de que, aunque sea por unos minutos, el espectáculo también tenga memoria.
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