Desde su estreno en 2011, Black Mirror, creada por Charlie Brooker, se ha convertido en una de las series más influyentes para pensar críticamente la relación entre tecnología y sociedad. No se trata de ciencia ficción tradicional ni de futuros imposibles: Black Mirror incomoda porque sus historias parecen demasiado cercanas, casi plausibles, y porque en cada episodio la tecnología actúa como un espejo del comportamiento humano, no como su causa única.
El título de la serie habla por sí mismo. El black mirror es la pantalla apagada de nuestros dispositivos: teléfonos, computadoras, televisores, los cuales reflejan nuestro rostro. En este sentido, la premisa de la serie es esta: la tecnología no inventa nuestros miedos, deseos o violencias; los amplifica.
Black Mirror dialoga directamente con la idea de Marshall McLuhan de que “el medio es el mensaje”. Para McLuhan, las tecnologías transmiten contenidos y reconfiguran la manera en que pensamos, sentimos y nos relacionamos. Bajo esta idea, cada episodio de la serie muestra cómo una herramienta tecnológica puede modificar estructuras sociales completas.
Como hemos visto en cada episodio de Black Mirror, la tecnología nunca es neutral, sin embargo, tampoco es el villano absoluto. Es un catalizador que expone tensiones preexistentes como la desigualdad, obsesión por la imagen, necesidad de control, miedo a la soledad o deseo de reconocimiento.
Uno de los episodios más emblemáticos es Nosedive (temporada 3). En este mundo, cada interacción social es calificada con estrellas, y el promedio determina el acceso a vivienda, empleo o transporte. Lo que inquieta no es lo que vemos, ni el sistema en sí: es lo rápido que reconocemos algo familiar.
Las redes sociales actuales ya funcionan como mecanismos de validación simbólica, donde la reputación digital influye en oportunidades reales. Nosedive exagera el sistema, pero no lo inventa, ya que el episodio expone cómo la búsqueda constante de aprobación termina erosionando la autenticidad, convirtiendo las relaciones humanas en transacciones estratégicas. Así que la crítica es social, no tecnológica: ¿qué ocurre cuando el valor personal depende de métricas públicas?
En Be Right Back (temporada 2), una mujer utiliza un servicio de inteligencia artificial que reconstruye la personalidad de su pareja fallecida a partir de su huella digital: mensajes, publicaciones, correos, videos. Lo que inicia como un consuelo termina cuestionando el sentido mismo de la ausencia y el duelo.
Este episodio conecta con debates actuales sobre inteligencia artificial, memoria digital y ética. ¿Hasta qué punto los datos pueden sustituir a la experiencia humana? ¿Qué significa “presencia” cuando puede ser simulada?
Este episodio me recuerda la tendencia de hace unos meses cuando se viralizó una guía para crear “fotos” con familiares fallecidos usando Gemini, la IA de Google. El proceso consiste en acceder a la plataforma, elegir una imagen propia y otra del familiar, redactar un prompt detallado, con entorno, luz, poses y estilo, incluso tipo Polaroid, y generar la imagen hasta obtener un resultado convincente.
Para muchas personas, estas creaciones funcionan como homenaje o consuelo; pero, como en Be Right Back, el punto de tensión está en lo mismo: la tecnología no borra la ausencia, la reconfigura. Y al simular una “presencia” visual, nos obliga a preguntarnos si lo que es técnicamente posible también es emocionalmente sano (y éticamente deseable), puesto que el duelo se vuelve un producto que puede editarse, repetirse y compartirse.
Varios episodios de Black Mirror abordan el tema de la vigilancia y el castigo social, en línea con planteamientos de Michel Foucault sobre el control y la disciplina. La vigilancia ya no es sólo institucional; es horizontal y cotidiana: todos observan a todos. En este universo, el castigo además de provenir del Estado, emana de la opinión pública, de algoritmos, de sistemas automatizados que deciden sin rostro ni contexto. La justicia se vuelve inmediata, emocional y, muchas veces, desproporcionada.
Black Mirror no propone rechazar la tecnología ni asumir una postura tecnófoba. Lo que hace es colocar al espectador frente a escenarios reconocibles y obligarlo a pensar en las decisiones cotidianas que damos por sentadas.
Cada historia muestra cómo prácticas aparentemente neutras, como calificar, almacenar datos, automatizar vínculos o vigilar, producen efectos sociales, emocionales y éticos que rara vez se discuten con profundidad. En ese sentido, la serie funciona menos como una predicción del futuro y más como un ejercicio de lectura crítica del presente, donde la pregunta central es qué tipo de relaciones, valores y formas de vida estamos construyendo con la tecnología, y no el usarla o no.
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