El pasado 15 de marzo, la Arena Monterrey fue el escenario de una cartelera de boxeo atípica; el epicentro de un fenómeno social que fracturó las redes sociales en México. El Ring Royale 2026, orquestado por Poncho de Nigris, presentó desde duelos históricos como el de Alfredo “El Golden Boy” Adame contra Carlos “El Cazafantasmas” Trejo, hasta enfrentamientos de la comunidad drag y figuras como Karely Ruiz.
Mientras unos celebran la rentabilidad del evento y otros lo califican de “naco”, vale la pena ver por qué este evento funciona como un laboratorio perfecto para entender conceptos estéticos y sociológicos que definen nuestra era. ¿Es Ring Royale una degradación cultural o simplemente el espejo de una sociedad que ha hecho del “mal gusto” una moneda de cambio?
Para comprender por qué Ring Royale nos genera esa mezcla de rechazo y fascinación, debemos acudir al concepto de Kitsch. Aunque coloquialmente lo asociamos con lo “naco” o lo barato, su origen académico es mucho más profundo. El término surgió en Alemania en el siglo XIX para describir el arte que imita la estética de la alta alcurnia mediante materiales económicos, buscando una respuesta emocional rápida y sin esfuerzo.
Milan Kundera, en La insoportable levedad del ser, define al kitsch como “la estación de transbordo entre el ser y el olvido”. Para Kundera, el kitsch es una máscara que oculta la complejidad de la existencia para ofrecernos una versión edulcorada y sentimentalista.
En Ring Royale, el kitsch se manifiesta en momentos como el de Marcela Mistral llorando tras su victoria, declarando que “nunca había ganado nada”. Es la narrativa de la telenovela llevada al ring: un sentimiento exagerado, empaquetado y listo para el consumo masivo. Aquí, el boxeo es lo de menos; lo que importa es la “segunda lágrima” de la que hablaba Kundera: esa emoción que sentimos al ver a otros conmoverse, validando nuestra propia sensibilidad superficial.
Si el kitsch es ingenuo, lo Camp es cínico y consciente. En 1964, Susan Sontag revolucionó la estética con sus Notes on “Camp”, donde describía esta sensibilidad como el amor por lo antinatural, el artificio y la exageración.
El enfrentamiento entre Alfredo Adame y Carlos Trejo es el ejemplo vivo de ello. Nadie en la audiencia esperaba técnica pugilística; esperábamos el performance del ridículo. El beso de Adame a Trejo al finalizar la pelea rompe la lógica del deporte y entra en el terreno de la parodia. Para Sontag, lo camp es “bello porque es horrible”. El Ring Royale no intenta ser una función del CMB (Consejo Mundial de Boxeo); sabe que es un disfraz y se regocija en su propia falta de seriedad. Las peleas de las drags, con su estética cargada de brillo y teatralidad, son las únicas que operan con honestidad en este ecosistema: elles saben que todo es una representación.
No es casualidad que este evento haya nacido en la Sultana del Norte. Monterrey ha consolidado, a través de décadas con la escuela de Multimedios Televisión, una estética visual propia.
Esta “estética del exceso” ha transformado conflictos privados en espectáculos públicos, creando un lenguaje donde el grito, el baile improvisado y la exposición de la intimidad son la norma. Ring Royale es la evolución digital de esa escuela: ha tomado el formato de las “veladas de streamers” europeas y lo ha rellenado con el ADN del talk show noventero.
Byung-Chul Han, en sus reflexiones sobre la sociedad del entretenimiento, advierte que hoy el mundo se consume como si fuera un parque temático. El dolor, la rivalidad y la identidad se vuelven “infoentretenimiento”.
La producción de Poncho de Nigris cruza una línea ética que Han y otros críticos señalarían como fetichización. El uso de “Abelito” siendo lanzado por el aire puede ser una gran postal, pero así como la exposición de Karely Ruiz, ambos son actos de escrutinio moral y físico, heredados de la lógica de la “Señorita Laura”: usar la vulnerabilidad o la otredad para alimentar el algoritmo. Es, básicamente, la transformación del ser humano en un meme viviente. Aquí, el espectador no es un observador pasivo, sino un cómplice que, al compartir el clip del “Abelito volador”, valida una estructura donde el valor de una persona se mide por su capacidad de generar engagement a través del ridículo.
Finalmente, debemos cuestionar nuestra propia reacción. Pierre Bourdieu, en su obra La Distinción, explica que el gusto no es una elección libre, sino un marcador de clase. Cuando etiquetamos el Ring Royale como “naco”, estamos ejerciendo una forma de violencia simbólica.
Llamar a algo “naco” es una estrategia de distinción: “yo no soy eso”, “yo tengo un capital cultural superior”. Sin embargo, la realidad es que el esnobismo y el morbo son dos caras de la misma moneda. Muchos de los que critican el evento desde una supuesta superioridad moral son los mismos que consumen los clips de forma “irónica”. Bourdieu nos recordaría que nuestra indignación estética es, a menudo, una forma de ocultar nuestra propia fascinación por aquello que pretendemos rechazar.
El Análisis Ring Royale 2026 nos revela que el evento es mucho más que una mala función de box. Es la culminación de la Estética Kitsch en México y el triunfo de la sensibilidad Camp sobre la técnica. Pero también es un recordatorio de la advertencia de Byung-Chul Han: estamos perdiendo la capacidad de distinguir entre el respeto humano y el espectáculo del morbo.
¿Es culpable Poncho de Nigris por producirlo, o nosotros por darle el clic que lo hace rentable? Quizá la respuesta esté en que, en la era del algoritmo, todos hemos aceptado vivir en una Arena Monterrey perpetua, donde lo único que importa es que el show nunca se detenga, sin importar quién termine en la lona.
Bourdieu, P. (2010). La distinción: Criterio y bases sociales del gusto. Taurus.
Han, B.-C. (2014). Psicopolítica: Neoliberalismo y nuevas técnicas de poder. Herder Editorial.
Han, B.-C. (2015). La salvación de lo bello. Herder Editorial.
Kundera, M. (1984). La insoportable levedad del ser. Tusquets Editores.
Sontag, S. (1964). Notes on “Camp”. Partisan Review.
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